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jueves, 24 de octubre de 2013

CÓMO CAMBIAR TU VIDA CON PROUST

A modo de homenaje a los pintores impresionistas, Proust introdujo uno en su novela, el ficticio Elstir, que posee características de Renoir, Degas y Manet. En la población costera de Balbec, el narrador Proust visita el estudio de Elstir y allí encuentra lienzos que, como el Le Havre de Monet, desafían el entendimiento ortodoxo del aspecto de las cosas. En las marinas de Elstir no existe una demarcación nítida entre el mar y el cielo; el cielo parece el mar, el mar parece el cielo. En un cuadro que representa la ensenada de Carquethuit, un barco que se encuentra en alta mar parece navegar por el centro mismo de la población; las mujeres que recogen marisco entre las rocas dan la impresión de hallarse en una gruta marina semioculta por los barcos y las olas, y un grupo de veraneantes en un bote de remos parece estar en un cabriolé que sube por entre los campos bañados por el sol y baja por los trechos en sombra.

Elstir no está probando suerte con el surrealismo. Si su obra parece insólita es porque intenta pintar algo de lo que en realidad vemos cuando miramos alrededor, en lugar de pintar lo que sabemos que vemos. Sabemos que los barcos no navegan por el centro de las poblaciones, pero a veces podemos tener esa impresión cuando observamos un barco ante el telón de fondo de un puerto, con una luz determinada y desde un determinado ángulo. Sabemos que existe una demarcación entre el mar y el cielo, y si bien en ocasiones resulta muy difícil precisar a cuál de los dos corresponde esa franja de color añil, la confusión sólo dura hasta que nuestro raciocinio restablece entre ambos elementos la distinción que faltaba en una primera mirada. El logro de Elstir consiste en adherirse a ese embrollo inicial y en plasmar una impresión visual antes de que sea desmentida por lo que sabe.


Alain de BOTTON, Cómo cambiar tu vida con Proust,
RBA, Barcelona 2012 (pags. 116-117)

martes, 22 de octubre de 2013

TODOS LOS AMANTES SON GUERREROS

CONJUGACIONES

Lo que no sé de ti.
Si en este instante, cuando se desdibuja el límite entre el alma y la noche,
se oscurecen tus parpados y callas.
Si en uno de tus sueños vuelvo a ser un temblor para tu mano.
Si paso extensa y húmeda cuando bajan la guardia tus olvidos
y pulso algún dolor. O si soy cicatriz, número ciego.

Lo que no sé de ti.
Lo que no supe.
(¡Qué impotencia creciendo adolorida
en mitad del pretérito!).
Lo que no supe: aquello
que parecía entonces pequeño a mis preguntas.
Si te gusta la oscura transparencia del ámbar,
cuándo
leíste aquel poema de Vallejo,
si has oído el silencio de los valles de Utah,
o en qué lugar preciso de tus años
Dios te dejó de hablar.

Y el futuro imperfecto: lo que ya no sabré
de ti. Qué penas
habrá en tu duro cielo por mí desalojado,
como irá haciendo el tiempo posesión de tu rostro.

Y sin embargo se lo que tú no podrías saber
porque es aquello
que de ti queda más allá de todo,
de tu nombre, tu historia, de tu peso y tu talla,
certidumbre de ti, sol que me habita.


Piedad BONNET VÉLEZ,
Todos los amantes son guerreros, Uniandes, 2008


domingo, 8 de septiembre de 2013

LO BREVE ETERNO

A UNA HOJA

Era de falso plátano, resuelto
ya el flavo terso en apagado ocre.
Huérfana ya de rama,
en el aire sereno bailaba suspendida,
yo no sé si jugando con el viento
o prisionera de él. Abarquillada,
parecía porfiar por no caer,
como mano crispada que aferrábase
a su vida del aire. (Tantas ya daban tumbos
por la otra, la del suelo, la peregrina errante...)
A mí solo me hablaba. Nadie más
allí había. Hasta el tiempo se diría
que se había olvidado de nosotros.

A aldabonazo hondo sonó el golpe.
Ya rodaba a su invierno y no supe decirle
que comprendía su angustia, que también
busco yo alguien que me diga cuando caiga
que vuelto humus o alma tendré casa en la tierra
y volveré a ser sueño y primavera.


Sergio FERNÁNDEZ SALVADOR
Lo breve eterno, La Isla de Siltolá, 2013

jueves, 27 de junio de 2013

ATENAS

SÚPLICA

Sigue tejiendo, amor, y destejiendo
jerseys y leguas para mi derrota,
bufandas para el viento que me lleva,
el frío de mi fuga
y el invierno que soy. Sigue tejiendo.

Sigue diciendo no
al desaliento y a tus pretendientes.
Y no les digas no, diles mañana,
y mañana también diles mañana.
Lo mismo que yo a ti. Hasta que regrese.

Cuando cansado ya de derroteros,
harto ya de perderme y demorarme
en regazos de magas o en riesgos de sirenas,
regrese a ti, y no sepas
qué hacer con el quehacer de tanta espera
como ahora no sé qué hacer contigo.

Me he convertido en nadie.

Tendré que regresar a tu regazo,
apoyar mi cabeza donde ahora está el ovillo
que guía mi retorno.

Y cuando llegue a ti ya no sabrás quién soy.
Cuando te abrace abrazarás el aire.


Juan Vicente PIQUERAS
Atenas, Visor, 2013

YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES

GRÚAS

Me conmueven las grúas en invierno.
Parecen estar vivas y cumplir
su vértigo llenándose de grajos
que bordan en su acero un pentagrama.

La esencia de las grúas son las aves
de paso.
              Las cruces de este siglo,
donde todo se mueve, son las grúas:
inmóviles, calladas, imposibles.

Yo he querido ser grúa muchas veces,
recibir la nevada antes que el mundo,
los pájaros, los rayos matutinos,
y ser desmantelado cuando acabe
la obra en la que elevo humilde carga.

Las grúas son amigas de los pájaros.
Que vengan y se posen en mis hombros
mientras huyen del frío es mi deseo.
Que canten para mí, ser para ellos
el árbol más sencillo, pues apenas
un eje vertical y un brazo abierto
conforman mi estructura permanente.

(Vendrá la muerte a dar vida a este sueño
haciéndome también ave de paso).

Y, mientras, ser tan sólo un trasto útil
entre el cielo y la tierra. Algo invisible
a los ojos de todos pero nunca
al ojo diferente de los grajos.


Antonio PRAENA
Yo he querido ser grúa muchas veces, Visor, 2013

lunes, 1 de abril de 2013

PALADEAR CON EL CEREBRO


Sea como fuere, somos la única especie que hace cientos de miles de millones de años ha colocado la cocina en el núcleo de su repertorio vital debido a todas las ventajas ya mencionadas, con el añadido de que cocinar también mata las bacterias e inactiva muchos venenos naturales, lo que se convirtió en una mayor garantía de supervivencia. Una vez que empezamos a comer alimentos cocidos, blandos y suaves, las mandíbulas y los dientes dejaron de ser necesarios para mascar sin cesar y se volvieron más pequeños y delicados; esa es una de las razones por las que, dejando a Arnold Schwarzenegger aparte, perdimos nuestro aspecto simiesco. Además, a medida que avanzamos en el consumo de alimentos cocinados, el tiempo necesario para su digestión se fue reduciendo, al igual que la longitud de nuestro intestino. El sistema digestivo se acortó consumiendo menos energía, que se pudo derivar a otras funciones provechosas, como pensar, lo que se tradujo en un cerebro más grande. Es muy posible, además, que el control del fuego, la cocción de los alimentos, el avance nutricional que supuso y el ahorro de tiempo en la alimentación han permitido avanzar de forma notable en la socialización, en la relación con los otros. Y es posible que fuera entonces, alrededor de una hoguera y compartiendo una pata de ciervo, cuando se empezaron a establecer vínculos sociales más intensos que dieron lugar a los primeros gruñidos de amor. Las velas, el vino y la tarjeta VISA llegaron más tarde.


Francisco Javier CUDEIRO MAZAIRA, Paladear con el cerebro,
Catara/CSIC, Madrid, 2012 (pags. 29-30)

miércoles, 13 de marzo de 2013

EL GOBIERNO DE LAS EMOCIONES

Los filósofos, en cambio, se interesan por las emociones, los sentimientos y las pasiones, desde el punto de vista de la relación que puedan tener con la razón. Hoy abunda la tendencia a considerar que existe entre lo sensible y lo racional un continuo, siendo difícil separarlos. (…)

Desde dicha perspectiva, la filosófica y, en concreto, la de la filosofía práctica, es desde la que me propongo abordar el tema. Desde Platón, y con hitos clásicos, como el de Descartes, la filosofía ha pretendido contraponer la racionalidad al sentimiento, dando por lo general preponderancia a la facultad racional sobre la facultad desiderativa de la que nacen las pasiones, los afectos o las emociones. El énfasis puesto en las emociones en la actualidad pretende revertir o, cuando menos, matizar esa tendencia mostrando que es
simplista y falsa. Lo hace, sin embargo, con el peligro de despreciar la función de la razón o de quedarse en el nivel más superficial de lo emotivo. Mi hipótesis de partida es que la ética no puede prescindir de la parte afectiva o emotiva del ser humano porque una de sus tareas es, precisamente, poner orden, organizar y dotar de sentido a los afectos y las emociones. La ética no ignora la sensibilidad ni se empeña en reprimirla, lo que pretende es encauzarla en la dirección apropiada. ¿Apropiada para qué? Para aprender a vivir, que es, al mismo tiempo, aprender a convivir de la mejor manera posible. En el encauzamiento de las emociones tiene una parte importante la facultad racional, pero no para eliminar el afecto, sino para darle el sentido que conviene más a la vida, tanto individual como colectiva. Con esta convicción de la ética de la que parto y doy por buena no estoy descubriendo nada nuevo. Es la que propuso Aristóteles, quien, por otra parte, fue el primer filósofo que se ocupó de sistematizar la ética en una teoría de las virtudes.


Victoria CAMPS, El gobierno de las emociones,
Herder, Barcelona, 2012 (pags. 24-25)

lunes, 28 de enero de 2013

MISERIAS Y ESPLENDORES DEL TRABAJO


Por muy poderosa que sea nuestra tecnología y muy complejas nuestras empresas, puede que al final el rasgo más característico del mundo laboral moderno sea interno, y consista en un aspecto de nuestra mente: la creencia ampliamente extendida de que el trabajo debería hacernos felices. Todas las sociedades han puesto el trabajo en el centro; la nuestra es la primera en sugerir que podría ser algo más que un castigo o una penitencia. Es la primera en insinuar que deberíamos tratar de trabajar aun cuando no hubiera una necesidad económica. La elección de un trabajo define nuestra identidad, hasta el punto de que la pregunta mas frecuente que hacemos a alguien que acabamos de conocer no es de donde procede o quienes fueron sus padres, sino qué hace, dando por supuesto que el camino hacia una existencia con sentido, debe pasar, forzosamente, por la puerta del trabajo remunerado.
     No siempre fue así. En el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles determinó una actitud que iba a durar más de dos milenios al referirse a la incompatibilidad estructural entre la satisfacción y un cargo remunerado. Para el filósofo griego, la necesidad económica ponía a las personas al mismo nivel que los esclavos y los animales. El trabajo manual, así como las facetas mercantiles de la mente, conducirían a una deformación psicológica. Solo una renta personal y una vida con tiempo libre podían ofrecer a los ciudadanos un ambiente adecuado para disfrutar de los más elevados placeres que proporcionaban la música y la filosofía.
     Los primeros cristianos añadieron a la idea de Aristóteles la doctrina aún más oscura de que las miserias del trabajo eran los medios apropiados e inamovibles para expiar los pecados de Adán. Solo a partir del Renacimiento empezaron a oírse nuevas voces. En las biografías de los grandes artistas, de hombres como Leonardo o Miguel Ángel, encontramos las primeras alusiones a las glorias de la actividad práctica. Aunque esta revalorización estaba al principio limitada al trabajo artístico e, incluso en este caso, solo a sus más elevados ejemplos, con el tiempo llegó a abarcar casi todas las profesiones. A mediados del siglo XVIII, en un desafío directo a la postura aristotélica, Diderot y D'Alembert publicaron la Encyclopedie de veintisiete tomos, llena de entradas que ensalzaban el genio y la alegría que caracterizan actividades como hornear pan, plantar espárragos, poner en funcionamiento un molino, forjar un ancla, imprimir un libro y administrar una mina de plata. Acompañaban a los textos ilustraciones de las herramientas empleadas para llevar a cabo esas tareas, entre ellas, poleas, pinzas y abrazaderas, instrumentos cuya función precisa tal vez los lectores no siempre entendieran, pero comprendían que tales utensilios promovían la consecución de fines hábiles y dignos. Después de pasar un mes en un taller de Normandía donde se fabricaban agujas, el escritor Alexander Deleyre creó el que quizá sea el artículo más prestigioso de la Encyclopedie, en el que respetuosamente describe los quince pasos requeridos para transformar un trozo de metal en uno de esos instrumentos escurridizos que suelen pasar inadvertidos, con los que se cosen botones.
     Con el propósito de ser un sobrio compendio del conocimiento, la Encyclopedie fue de hecho un encomio de la nobleza del trabajo. Diderot expuso claramente sus motivos en la entrada «Arte», fustigando a aquellos que tendían a venerar solo las artes «liberales» (la música y la filosofía de Aristóteles) mientras ignoraban sus equivalentes «mecánicos» (como la fabricación de relojes y el tejido de la seda): «Las artes liberales han cantado su propia alabanza durante suficiente tiempo; ahora deberían alzar la voz para alabar las artes mecánicas. Las artes liberales deben rescatar a las artes mecánicas de la degradación en la que se han mantenido durante tanto tiempo por prejuicio».
     Los pensadores burgueses del siglo XVIII dieron la vuelta a la fórmula de Aristóteles: las satisfacciones que los filósofos griegos habían identificado con el tiempo libre se trasladaban ahora al ámbito del trabajo, mientras que a las tareas sin retribución económica se las despojaba de todo significado y se las relegaba a la atención caprichosa de decadentes diletantes. Entonces pareció tan imposible que se pudiera ser feliz e improductivo como antes había parecido inverosímil que se pudiera trabajar y ser humano.
     Algunos aspectos de esta evolución en la actitud respecto al trabajo tienen fascinantes parangones con las ideas sobre el amor. También en este ámbito, la burguesía del siglo XVIII aunaba lo placentero y lo necesario. Argumentaban que no había conflicto inherente entre la pasión sexual y las exigencias prácticas de la crianza de los hijos, y que por lo tanto podía haber romanticismo en el matrimonio, del mismo modo que se podía disfrutar con un trabajo asalariado.
     Al iniciar la burguesía europea una evolución de la que todavía somos herederos, dio los pasos cruciales para considerar un placer tanto el trabajo como el matrimonio, algo que hasta entonces de forma pesimista -o quizá realista-, la aristocracia había reservado solo a los reinos del enredo amoroso y el entretenimiento.


Alain de Botton, Miserias y esplendores del trabajo,
Lumen, 2011 (págs. 104-107)

viernes, 28 de diciembre de 2012

FUGITIVA CIUDAD


LA VOZ BEBIDA, la voz acariciada la voz
llorada.
               El ronco terciopelo
de aquellas noches
que nunca terminaban, o el pronombre nosotros
y la niebla y el frío y los bolsillos
vacíos de monedas y repletos de vida,
de crepúsculos de pana o de vaqueros,
de coñac bien caliente y de extrarradios,
de vida irrepetible y de extrañas banderas
compartidas.
                        Nunca la voz
fue tan propicia, se acopló de este modo
al aire de la calle, al temblor de tu mano,
a la noticia apresurada
de un forzado retorno, cuando ya eran las diez,
a las habitaciones de la infancia.


Manuel RICO, Fugitiva ciudad,
Hiperión, 2012

LA MUJER Y LA MADRE

«Toda cultura está dominada por un modelo maternal ideal que puede variar según las épocas. Sean ellas conscientes o no, pesa sobre todas las mujeres. Se puede aceptar, esquivar, rechazar o negociar, pero en última instancia siempre es en función de uno determinado.

Hoy el modelo es más exigente que nunca. Más aún que hace veinte años, cuando se señalaba ya la amplitud de los deberes maternales: “Éstos ya no se reducen únicamente a los cuidados corporales y afectivos, implican también una atención escrupulosa al desarrollo psicológico, social e intelectual del hijo. La maternidad representa, más que en el pasado, un trabajo a tiempo completo. Hoy en día se espera de las madres que consagren tantos ‘cuidados’ a dos hijos como antaño a seis”. Como, por otra parte, el ideal femenino no recupera el modelo maternal y la plenitud personal es la motivación dominante de nuestro tiempo, las mujeres se encuentran en el centro de una contradicción triple.

La primera es social. Mientras los partidarios de la familia tradicional culpan a las madres que trabajan, la empresa les reprocha sus repetidas maternidades. Peor aún, la maternidad sigue considerándose como la más importante realización de la mujer, mientras que socialmente está devaluada. Las madres a tiempo completo cobran menos, se ven privadas de identidad porque carecen de competencias profesionales y están conminadas a responder a la pregunta: “¿Qué hacéis durante el día?”. En una sociedad donde la mayoría trabaja, donde la mujer ideal triunfa profesionalmente, la que se queda en casa o hace de sus hijos su prioridad se arriesga a ser considerada “sin interés”.

La segunda contradicción concierne a la apareja. Hemos visto que el niño no favorece la vida amorosa. La fatiga, la falta de sueño y de intimidad, las obligaciones y los sacrificios que impone la presencia de un hijo puede acabar con la pareja. (…).

Pero la contradicción más dolorosa reside en el seno de cada mujer que no se funde con la madre. Todas las que se sienten divididas entre su amor por el hijo y sus deseos personales. Entre ser un individuo egoísta y ser aquella que quiere el bienestar de su pequeño. El hijo, concebido como fuente de plenitud, puede por tanto revelarse como un obstáculo para ella. Está claro que a fuerza de cargar la barca de las obligaciones maternales, la contradicción se agudiza cada vez más.»


Elisabeth BADINTER, La mujer y la madre,
La Esfera de los Libros, Madrid, 2011 (pags. 143-145)

AMOR. UN SENTIMIENTO DESORDENADO


«No hay indicios de que nuestros antepasados vivieran en familias nucleares. Es más probable que vivieran en grupos no muy diferentes a las grandes comunidades de cazadores y recolectores de hoy. Aunque hubiera existido ocasionalmente en algún momento de la historia de la cultura, nunca fue el modelo de las comunidades humanas. En realidad, se hizo posible por primera vez a causa de la moderna legislación social. Mientras el clan dependió económicamente de los ingresos de hombres concretos, hubo que contribuir entre todos a su sustento. La familia nuclear, por el contrario, es un modelo asocial, que excluye económicamente a parientes y allegados necesitados. Un país sin rentas ni pensiones, sin protección a los minusválidos, ni redes sociales de acogida no podía ni puede permitirse familias nucleares.

A la familia nuclear como forma familiar mayoritaria y normativa sólo se llegó a mitad del siglo XIX, y sólo en las ciudades. Es seguro que lo que estipula el catecismo de la Iglesia católica, en su redacción de 1992, en el sentido de que la familia nuclear es la “célula originaria de la vida social”, no es históricamente acertado. (…) La familia nuclear se convirtió en la célula originaria de la vida social sólo a causa de un problema: que el cabeza de familia ya no podía alimentar al clan. En el siglo XIX, a causa de la Revolución industrial, apareció en las ciudades un número incontable de familias proletarias y pequeñoburguesas. Sin seguridad social, la mayoría de las veces dependían incluso del trabajo infantil. Y no había dinero para la asistencia a allegados carentes de medios. No sólo trabajaban los hombres, sino también muchas veces las mujeres. Éste es el origen de la moderna familia nuclear.

Casarse por amor era en el siglo XIX algo más bien raro, y tampoco la fidelidad de los hombres era muy importante. Prioritariamente el matrimonio era un consorcio económico. Sólo en el transcurso del siglo XX la idea del matrimonio por amor y de una alianza de fidelidad se fundió con la idea de la familia nuclear.»


Richard David PRECHT, Amor. Un sentimiento desordenado,
Siruela, 2011 (pags. 330-331)


domingo, 4 de noviembre de 2012

LA CADERA DE EVA


“Uno de los múltiples relatos acerca del origen del ser humano, aquél que se incluye en la Biblia, concede una gran importancia en tan delicado asunto a un hueso. En efecto, en el Génesis se lee: “Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó a la mujer”.
         Los más modernos descubrimientos científicos sobre el origen y la evolución de la especie humana coinciden con el relato bíblico al señalar que fue un hueso el que tuvo la mayor responsabilidad a la hora de convertirnos en lo que hoy somos. Pero la ciencia y la creencia difieren en dos aspectos fundamentales: el tipo de hueso y el sexo del portador de la pieza. Para la Biblia fue la costilla de Adán; para la ciencia, la cadera de Eva.
         Es indudable que la característica que nos hace humanos es nuestro cerebro: una poderosa estructura de gran complejidad y de un tamaño desmesurado en proporción al cuerpo que lo sustenta. Los más recientes avances de la ciencia sugieren que todos los grandes hitos evolutivos, los cambios cruciales que permitieron ese salto gigantesco desde un cerebro de cuatrocientos centímetros cúbicos hasta otro de mil trescientos centímetros cúbicos, con todo lo positivo y negativo que esto conlleva, tuvieron lugar sobre el organismo de la hembra de la especie y, sobre todo, en relación con la evolución de su cadera. En efecto, de nada hubieran servido las prodigiosas contribuciones morfológicas, neuroendocrinas y metabólicas que lograron construir a lo largo de millones de años de evolución nuestro gran cerebro si, paralelamente, no hubiera evolucionado una cadera capaz de parir el enorme cráneo que lo contiene”.


José Enrique CAMPILLO ÁLVAREZ, La cadera de Eva,
Ares y Mares, 2005, (pags. 11—12)

viernes, 2 de noviembre de 2012

EL PRIMER VIAJE DE NUESTRA VIDA


“Mi amigo, el veterinario de la Universidad Complutense Ignacio de Gaspar suele comentar que la llegada al mundo de muchos mamíferos, aunque sean tan grandes como un elefantito, es un porrazo en la cabeza. Se refiere a los cuadrúpedos cuyas madres no se acuestan para parir, como la cebra, y no digamos la altísima jirafa. El neonato literalmente se cae al suelo desde lo alto. Saca las patas por delante, pero no paran el golpe que se lleva la cría en la cabeza. Y es que la madre no tiene manos como las nuestras para recoger a su hijo, no brazos adecuados para estrecharlo contra ella.
         En el caso de los monos, que viven en los árboles, la caída a plomo podría ser mortal. Pero las madres pueden tomar a su cría por la cabeza antes de que eso ocurra y atraerla hacia ellas. Como nacen mirando a la madre, la cosa es fácil y además pueden limpiarles la nariz y la boca si tienen alguna obstrucción que les impida respirar bien, o desenrollarles el cordón umbilical cuando les rodea el cuello. Así pues, las madres son sus propias comadronas (eso sí que es auténtica “autoayuda”).
         Todo ello es así, dice la teoría de la que vengo hablando, porque la posición de la cabeza al atravesar el estrecho inferior es occipitosacra. Tal cosa no sería posible si fuera occipitopúbica, como en nuestro parto más común, porque entonces el monito vendría al mundo mirando a la espalda de su madre, que no le ve la cara (lo que ve asomar la madre humana es la nuca de su hijo, y no contempla su cara hasta que no rota la cabeza, cuando ya se ha desprendido).
         Es más, si la madre humana tirase de la cabeza para facilitar el parto, podría causarle serias lesiones cervicales, al exagerar la deflexión de la cabeza y doblarla todavía más hacia la espalda. En nuestra especie, por eso, la madre no puede ayudarse a sí misma en el parto (literalmente, su hijo le da la espalda al nacer), de forma que éste se convierte en un fenómeno social, con asistencia de otras mujeres. (…)
         La teoría es muy interesante, salvo por un pequeño detalle. Los únicos tres partos realmente documentados de los chimpancés son como los humanos. Y no hay comadronas chimpancés. Además, los recién nacidos se cayeron de cabeza hacia el suelo de la jaula, afortunadamente sin consecuencias”.


Juan Luis Arsuaga, El primer viaje de nuestra vida,
Temas de hoy, 2012, (pags. 151—152)

jueves, 1 de noviembre de 2012

LA VIDA ETERNA


“Las respuestas de la ciencia cancelan la pregunta a la que responden y nos permiten preguntarnos cosas nuevas; las respuestas de la filosofía y de la teología abren y ahondan aún más la pregunta a la que se refieren, nos conceden plantearla de una forma nueva o más compleja pero no la cancelan jamás totalmente: sólo nos ayudan a convivir con la pregunta, a calmar en parte nuestra impaciencia o nuestra angustia ante ella. Al menos así ocurre cuando la filosofía y la teología escapan a la tentación dogmática (propia de las iglesias y de académicos fatuos), que consiste en ofrecer respuestas “canceladoras” como las de la ciencia a preguntas que no son científicas. Por eso la ciencia progresa, mientras que la filosofía y la teología —¡en el mejor de los casos!— deben contentarse con ahondar. Pero en un aspecto fundamental se parecen la ciencia y la religión, difiriendo en cambio de la filosofía: las dos primeras prometen resultados, herramientas o conjuros para salvarnos de los males que nos aquejan (gracias a desentrañar los mecanismos de la Naturaleza o a la fe en Dios); la filosofía en cambio sólo puede ayudar a vivir con mayor entereza en la insuficiente comprensión de lo irremediable. Ciencia y religión resuelven cada cual a su modo las cosas, la filosofía a lo más que llega es a curarnos en parte del afán de resolver a toda costa lo que quizá es (y no tiene por qué dejar de ser) irresoluble”.


Fernando SAVATER, La vida eterna,
Ariel, 2007 (pag. 14)

jueves, 18 de octubre de 2012

LA SENDA MUTILADA



“Se ha comentado en otros epígrafes que a lo largo de la historia los quehaceres masculinos siempre se han priorizado frente a los femeninos. El discurso androcéntrico, reiteramos, se ha mantenido presente en todo momento a la hora de interpretar nuestro pasado. Desde el punto de vista evolutivo, esto ha sido así porque los estudiosos del tema parten, entre otras, de la premisa según la cual las sociedades humanas de todos los tiempos han valorado la carne como producto alimenticio por encima de cualquier otro componente de la dieta. Pero sucede que hay expertas (de hecho, cada vez más numerosas y apoyadas por colegas varones) que no están de acuerdo con esta valoración tradicional. Por ejemplo, la respetada y ampliamente citada antropóloga Margaret Ehrenberg (1989) sería una de las pioneras en sostener que entre los primeros homínidos el recolectar productos de origen vegetal o conseguir carne eran actividades que tenían igual valor para el grupo, y por tanto quienes más recolectaban disfrutaban del mismo estatus que quienes aportaban alimentos de origen animal. Las tareas serían entonces complementarias o diferentes, pero igualmente necesarias y valoradas. (…)
        La comunidad académica, sin embargo, al equiparar diferentes tareas con jerarquías de desigualdad, ha impulsado y fortalecido esta tendencia generalizada que presupone la universalidad del dominio masculino, provocando importantes distorsiones al interpretar los orígenes de las sociedades humanas. El sesgo androcéntrico es el que ha desenfocado tantas investigaciones que han llevado a exclusivizar el poder masculino, incluso donde no hay evidencias científicas que lo justifiquen. De hecho, los últimos avances realizados en el ámbito de la paleoantropología parecen confirmar que la jerarquización de roles basada en la dominación masculina no es ni mucho menos tan universal como se ha creído. Siendo esto así, tampoco lo sería la pretendida subordinación femenina. Resumiendo, es probable que las mujeres también hayan sido creadoras de cultura, hayan sido autónomas y hayan ostentado poder”.


Carmen MARTÍNEZ PULIDO, La senda mutilada,
Biblioteca Nueva, 2012 (pags. 153-154)

viernes, 12 de octubre de 2012

MEDUSA


“La película era aterradora en su sencillez, pulcra y devastadora como una máquina de eviscerar.
La cámara había sido colocada en una pequeña elevación, en un ángulo unos grados por encima de donde tenía lugar la acción, una extensión de campo raso, sin flores ni arbustos. La imagen quedaba pues, un tanto inclinada, de modo que el espectador tenía la certeza de contemplar algo que ocurría por debajo del filmador.
La secuencia, rodada en blanco y negro, era brutalmente monótona. Una fila de prisioneros lituanos esperaba a la izquierda. La cámara mostraba, indefectiblemente, a tres de ellos. Ni uno más ni uno menos: siempre tres. Un muro de piedra basta, de una altura aproximada de cuatro metros, aguardaba por los prisioneros a diez pasos. A derecha e izquierda del muro había dos miembros del cuerpo de Stahlecker, el nefando Einsatzgruppe A”.


Ricardo MENÉNDEZ SALMÓN, Medusa,
Seix Barral, barcelona, 2012 (págs. 12-13)

domingo, 22 de julio de 2012

EL SABER DEL CIUDADANO


CAPÍTULO 9

LA DEMOCRACIA LIBERAL

Félix Ovejero

“(…). Si los políticos y ciudadanos actuaran de acuerdo con preferencias impersonales, no vinculadas a sus propios intereses, cabría la posibilidad de que, incluso sin participación ciudadana, los intereses generales estuvieran asegurados: yo no me sentiré obligado a participar en la política para recordar mis necesidades, si los representantes y mis conciudadanos, cuando expresen sus opiniones, van a tener en cuenta y ponderar todos los intereses, incluidos los míos. Pero si cada uno procura para sí, las cosas son más complicadas. En tal caso, resulta más improbable que el egoísmo se canalice en la dirección de los intereses generales.
Si las demandas no tienen una oferta correspondiente, un producto político, si hay individuos que no pueden expresar sus demandas o si no tienen modo de saber qué es lo que el mercado ofrece, no habrá ninguna garantía de que las preferencias de los demás —el bienestar agregado— estén atendidas. Al contrario, en tal caso se desatarán diversos tipos de patologías: explotación de ciudadanos incapaces de hacer oír su voz; imposibilidad de que los individuos puedan expresar sus preferencias; incapacidad de los votantes de recibir información en la que basar sus decisiones. El problema es que, por circunstancias asociadas a su propia dinámica de funcionamiento, la democracia de mercado no es capaz de satisfacer tales requisitos y, por ende, resulta insensible a recoger información sobre los intereses de los ciudadanos.
1) El mercado político no proporciona una oferta para cada demanda. Sucede de diferentes formas. En primer lugar, porque no todos están en condiciones de actuar como oferentes. No es un mercado de acceso libre. Unos costosos peajes de entrada limitan el acceso a unos cuantos, a aquellos que cuentan con medios suficientes para financiar organizaciones y campañas. No todos los ciudadanos pueden hacer públicos sus puntos de vista, ofrecer sus “productos”. En principio, ello implica necesariamente que los intereses de los más débiles no pueden aparecer en la oferta electoral. Si los empresarios políticos creen que hay “un hueco”, una posible demanda desatendida, tendrán incentivos para orientarse hacia allí. Pero para que esto suceda se requiere que los ciudadanos estén en condiciones de conocer sus demandas, de expresar sus preferencias, lo que no es sencillo, entre otras razones porque la propia oferta estructura los problemas, su jerarquía y su propia descripción. Las mujeres de la India, que carecen de derechos, no reclaman derechos y se muestran satisfechas con su situación. Los ciudadanos tienden a considerar importantes los problemas que “suenan como importantes”, distorsionando la información (…) para ajustarla a lo que “suena”. Y sucede que quienes configuran la oferta, quienes tienen recursos, no están en las mejores condiciones de identificar los problemas de los menos poderosos. No por mala fe, por proteger sus intereses, sino por algo previo y fundamental, bien conocido por la psicología: quienes no experimentan los problemas no los reconocen. Las mujeres y los incapacitados son claros ejemplos de grupos sociales que han visto ignorados sus problemas porque las clases políticas simplemente no los “percibían”.
Pero no sólo se ignoran los problemas, sino que, incluso si aparecen, las respuestas también están condicionadas por la existencia de barreras de entrada, que sólo pueden se atravesadas por los poderosos o por los que están en buenos tratos con los poderosos. La acción política consiste en buena medida en establecer qué es lo que puede cambiar y qué es lo que no. Pero “qué se puede cambiar”, qué se da por supuesto y qué no, depende de “maneras de mirar” que están asociadas a las propias experiencias. Y lo cierto es que tenemos una disposición a aceptar como naturales, como inamovibles o no discutibles las convicciones o las pautas que son nuestras. Los procesos de socialización (el mundo en donde se vive) condicionan la percepción y la consideración de los problemas y llevan a considerar  como “naturales” —no modificables— ciertas cosas. En consecuencia, hay ciertas propuestas que “ni se les ocurren” y, por ello, no aparecen en la oferta política. La descripción de un problema es, por lo general, un diagnóstico. Si decimos que “el pasado invierno murieron como consecuencia del frío doscientas personas en la ciudad”, estamos excluyendo otras descripciones; por ejemplo, “murieron de pobres” y, con ellas, otras respuestas. Hay una elección acerca de qué es lo “normal”, elección que tiene implicaciones prácticas.

Aurelio ARTETA (ed.), El saber del ciudadano. Las nociones capitales de la democracia. Alianza, pg. 276-277.

jueves, 5 de julio de 2012

RESCATE

La mar tiene muchas voces. la voz que este hombre ansía oír es la voz de su madre. Alza la cabeza, vuelve el rostro al aire gélido que entra por el golfo y prueba el sabor penetrante de su sal en los labios. La superficie del mar, de un lustroso azul plateado, se infla y refulge como una membrana que se estira hasta convertirse en una fina capa transparente donde en una ocasión, durante nueve ciclos lunares, había permanecido acurrucado en el sueño pretérito de la existencia, acunado y cómodo. Ahora se agacha sobre los guijarros que se acumulan en la orilla, apretando la túnica entre sus muslos. El mentón bajo, los hombros encorvados, atento.
       A veces el golfo se encrespa. Sus voces retumban tanto en su cabeza que le parece estar en pie, inmóvil, en el fragor de la batalla, pero hoy, a la luz del amanecer, la superficie marina se asemeja a un lago. Pequeñas olas se deslizan hasta sus pies calzados con sandalias para después perderse con un repiqueteo cuando las piedras lisas quedan sueltas y sales rodando.
       Nuestro hombre es un soldado, pero cuando no está combatiendo es agricultor y la tierra, su elemento. Sabe que algún día volverá a ella. Todos esos átomos que milagrosamente se congregan en el nacimiento para dar forma a estas mismas manos, se separarán y volverán a dispersarse, cada uno por su lado. Es hijo de la tierra. Pero toda su vida, en su otra naturaleza, se ha sentido atraído por el elemento materno, hacia lo que en todas sus formas, ora océano o lago, ora corriente, se muestra cambiante e incorpóreo, hacia aquello que, en un instante de calma, acepta el reflejo de un rostro, un árbol reverdeciente, pero que nada retiene y no puede ser en sí mismo retenido.


David MALOUF, Rescate, Libros del Asteroide, 2012 (Inicio)

domingo, 3 de junio de 2012

LA RENTA BÁSICA

¿Tiene la ciudadanía derecho a recibir un ingreso incondicional que le posibilite la existencia? Desde hace más de una década, algunos centros académicos de Europa y de América Latina están investigando la viabilidad de la instauración de un Subsidio Universal Garantizado. Esta propuesta es sencilla y provocadora: se trata ni más ni menos que de un ingreso pagado por el gobierno a cada miembro de pleno derecho de la sociedad, desde la cuna hasta la tumba, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, e independientemente de sus otras posibles fuentes de renta. El avance académico y social de esta original propuesta es imparable. ¿Se trata de una reforma éticamente viable? Si la respuesta es afirmativa, ¿tiene alguna posibilidad de ser social y económicamente viable? No es en los países de habla hispoana donde más se ha investigado acerca de los diversos y polémicos aspectos que el Subsidio Universal Garantizado obliga a considerar.


Daniel Raventós, El derecho a la existencia, Ariel, Barcelona, 1999 (contraportada)


Aquí tienes más información:
Presentación de Daniel Raventós (La Nueva España, 8 de marzo de 2001)
Entrevista a Daniel Raventós Pañella (La Nueva España, 11 de marzo de 2001)
La renta básica: lo que es y lo que no es (El País, 12 de junio de 2001)
La Renta Básica de Ciudadanía (El País, 27 de mayo de 2001)
Renta ciudadana y tipo único del IRPF (El País, 25 de junio de 2001)
Entrevista (La Nueva España, 13 de abril de 2002)
Daniel Raventós (La Nueva España, 12 de junio de 2009)
Ricos y pobres (El País, 16 de noviembre de 2002)

Y en estas páginas...
sin permiso
revista teína
Red Renta Básica
alterglobalización

O puedes leerte el libro de Daniel Raventós:
«La simplicidad administrativa que supondría la sustitución por el Subsidio Universal Garantizado de muchos subsidios condicionados habla a favor del primero. Un subsidio condicionado comporta muchos más controles administrativos con el fin de evitar posibles fraudes de personas que no reúnan las condiciones para poseer la condición de beneficiarios, o para verificar que los que lo están recibiendo no estén realizando alguna actividad incompatible con el subsidio».


Daniel Raventós, El derecho a la existencia, Ariel, Barcelona, 1999 (pag. 99)

sábado, 17 de marzo de 2012

EL LIBRO DE LOS ABRAZOS

EL PARTO

Tres días de parto y el hijo no salía:
       Tá trancao. El negrito tá trancao   dijo el hombre.
     Él venía de un rancho perdido en los campos.
     Y el médico fue.
     Maletín en mano, bajo el sol de mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.
     Después se lo contó a Gloria Galván:
     La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, ví un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.
     El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba
despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: No hay nada que hacer.
     Y sin embargo, quien sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa
inerte y al llegar a la manita, súbitamente la manita se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.
     Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.


Eduardo GALEANO, El libro de los abrazos,
Siglo XXI, Madrid, 19977 (pag. 210)