Mostrando entradas con la etiqueta De FILOSOFÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De FILOSOFÍA. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de enero de 2014

IMÁGENES AMBIGUAS

Es evidente que en el hombre la percepción no se limita a la estimulación por medio de una energía física. De hecho, se sabe desde hace tiempo que los estímulos visuales pueden ser ambiguos. Por ejemplo, en la imagen de Boring se puede ver a una mujer joven que mira hacia atrás en escorzo o a una mujer vieja vista de perfil. Pero en ningún caso se pueden ver las dos figuras al mismo tiempo. A una misma imagen física le pueden corresponder varias construcciones mentales. La percepción no se reduce, pues, a la estimulación por parte de una energía luminosa, sino que consiste también en un proceso de reconstrucción e interpretación de la imagen.

Este ejemplo [y otros parecidos] demuestran que la relación entre el estímulo y su percepción no es directa: nuestra mente efectúa cálculos y recurre a nociones abstractas, como las de objeto, forma o espacio. La percepción está lejos de ser una copia de la realidad. Es también un proceso de interpretación, de representación. Es, pues, imposible definir un estímulo de modo puramente físico, sin tener en cuenta las construcciones mentales efectuadas por el organismo.


Jacques MEHLER y Enmanuel DUPOUX,
Nacer sabiendo. Introducción al desarrollo cognitivo del hombre.

sábado, 28 de septiembre de 2013

EL HOMBRE QUE OYÓ EL CANTO

«Según la tradición, eran hijas de las Musas, Melpómene, la de la tragedia para algunos, y para otros, Terpsícore, la de la danza, y si bien se las conoce bajo nombres diferentes, el más común de cada una de ellas es Partenopea, Leucosia ("la muy blanca"), Ligia. Ciertos mitógrafos enumeran cuatro, pero las Sirenas que enfrentó (y venció) el ingenioso Ulises en un canto célebre de la Odisea, eran dos únicamente.
Ulises y las sirenas (1909), de Herbert James Draper

(…) El Canto de las Sirenas no es más que la propuesta de Mefistófeles que, como ya sabemos, desde la Edad Media, precipita la condena, en una nueva transcripción cristiana del mito del saber prohibido, del imprudente doctor Fausto: conocimiento de la realidad última de las cosas a cambio de la perdición del sujeto. Para ciertos helenistas, sin embargo, la originalidad del mito griego estribaría en su aspecto positivo, humanista, ya que inauguraría la inclinación por el conocimiento, más fuerte que las cadenas de la superstición, del hombre occidental. Ulises vendría a encarnar la razón triunfante, la supremacía de la ciencia y de la filosofía sobre el oscurantismo primitivo del mito y de la leyenda».

Juan José SAER


Puedes leer el artículo entero en El País, sábado 17 de julio de 2004

martes, 20 de noviembre de 2012

CIENCIA Y FILOSOFÍA

Ciencia y filosofía forman un continuo. La filosofía es la parte más global, reflexiva y especulativa de la ciencia, la arena de las discusiones que preceden y siguen a los avances científicos. La ciencia es la parte más especializada, rigurosa y bien contrastada de la filosofía, la que se incorpora a los modelos estándar y a los libros de texto y a las aplicaciones tecnológicas. Ciencia y filosofía se desarrollan dinámicamente, en constante interacción. Lo que ayer era especulación filosófica hoy es ciencia establecida. Y la ciencia de hoy sirve de punto de partida a la filosofía de mañana. La reflexión crítica y analítica de la filosofía detecta problemas conceptuales y metodológicos en la ciencia y la empuja hacia un mayor rigor. Y los nuevos resultados de la investigación científica echan por tierra viejas hipótesis especulativas y estimulan a la filosofía a progresar.

En griego clásico las palabras "ciencia"  [episthéme] y "filosofía" [philosophía] se empleaban como sinónimos. Ambas se referían al saber riguroso, y se contraponían a la mera opinión infundada [doxa]. Lo que nosotros llamamos ciencia se originó en el siglo XVII, con la pretensión de ser una filosofía más rigurosa y fecunda que la practicada hasta entonces. A este surgimiento contribuyeron numerosas personalidades, entre las que destaca Isaac Newton, el fundador de la física moderna… [y su obra capital lleva el título de Philosophiae Naturalis Principia Mathematica].


Jesús MOSTERÍN, Ciencia viva,
Espasa Calpe, Madrid, 2001   

martes, 30 de octubre de 2012

LO BELLO Y LO SUBLIME


Este delicado sentimiento que ahora vamos a considerar es principalmente de dos clases: el sentimiento de lo sublime y el de lo bello. La emoción es en ambos agradable, pero de muy diferente modo. La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa, o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror; en cambio, la contemplación de campiñas floridas, valles con arroyos serpenteantes, cubiertos de rebaños pastando; la descripción del Eliseo o la pintura del cinturón de Venus en Homero, proporciona también una sensación agradable, pero alegre y sonriente. Para que aquella primera impresión ocurra en nosotros con fuerza apropiada debemos tener un sentimiento de lo sublime; para disfrutar bien la segunda es preciso un sentimiento de lo bello. Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes; platabandas de flores, setos bajos y árboles recortados en figuras son bellos.
         La noche es sublime, el día es bello. En la calma de la noche estival, cuando la luz temblorosa de las estrellas atraviesa las sombras pardas y la luna solitaria se halla en el horizonte las naturalezas que posean un sentimiento de lo sublime serán poco a poco arrastradas a sensaciones de amistad, de desprecio del mundo, de eternidad. El brillante día infunde una activa diligencia y un sentimiento de alegría. Lo sublime conmueve, lo bello encanta. La expresión del hombre dominado por el sentimiento de lo sublime es seria; a veces fija y asombrada. Lo sublime presenta a su vez diferentes caracteres. A veces le acompaña cierto terror o también melancolía; en algunos casos, meramente un asombro tranquilo, y en otros, un sentimiento de belleza extendido sobre una disposición general sublime. A lo primero denomino lo sublime terrorífico; a lo segundo, la noble, y a lo último lo magnífico. Una soledad profunda es sublime, pero de naturaleza terrorífica. De ahí que los grandes vastos desiertos, como el inmenso Chamo, en la Tartaria, hayan sido siempre el escenario en que la imaginación ha visto terribles sombras, duendes o fantasmas.
         Lo sublime ha de ser siempre grande; lo bello puede ser también pequeño. Lo sublime ha de ser sencillo; lo bello puede estar engalanado. Una gran altura es tan sublime como una profundidad, pero a ésta acompaña una sensación de estremecimiento y a aquella una de asombro; la primera sensación es sublime, terrorífica, y la segunda, noble. La vista de las pirámides egipcias impresiona, según Hamlquist refiere, mucho más de lo que por cualquier descripción podemos representarnos; pero su arquitectura es sencilla y noble. La iglesia de San Pedro, en Roma, es magnífica. En su traza, grande y sencilla, ocupa tanto espacio la belleza –oro, mosaico– que a través de ella se percibe la impresión de lo sublime, y el conjunto resulta magnífico. Un arsenal debe ser sencillo; una residencia, regia, magnífica, y un palacio de recreo, bello.
         Un largo espacio de tiempo es sublime. Si corresponde al pasado, resulta noble, si se le considera en un porvenir incalculable, tiene algo de terrorífico. Un edificio de la más remota antigüedad es venerable. La descripción hecha por Halles de la eternidad futura infunde un suave terror; la de la eternidad pasada, un asombro inmóvil.


Inmanuel Kant, Lo bello y lo sublime

LO BELLO Y LO SINIESTRO


Cuando nos asomamos a un precipicio y miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer pensamiento es retroceder; alejarnos del peligro; pero, sin saber por qué, permanecemos inmóviles. Poco a poco, el malestar, el vértigo y el horror se confunden en un solo sentimiento vago, indefinible. Insensiblemente, esta nube toma forma como el vapor de la botella del genio de las Mil y una noches. Pero de nuestra nube se levanta, al borde del precipicio, cada vez más palpable, una sombra mil veces más terrible que ningún genio o demonio de la fábula, a pesar de no ser más que un pensamiento horrible, que hiela hasta la médula de los huesos, infiltrando hasta ella el feroz placer de su horror. Es sencillamente la curiosidad de saber qué sentiríamos durante el descenso, si cayésemos de semejante altura. Y precisamente por lo mismo que esta caída y horroroso anonadamiento llevan consigo la más terrible y odiosa de cuantas imágenes odiosas y terribles de la muerte y el sufrimiento podemos imaginarnos, la deseamos con mayor vehemencia aún. Y precisamente porque nuestra razón nos ordena apartarnos del abismo, por esto mismo nos acercamos a él con más ahínco. No existe pasión más diabólica en la Naturaleza que la del hombre que, estremeciéndose de terror ante la boca de un precipicio, siente que por su cerebro cruza la idea de arrojarse a él. Dejar libre el pensamiento, intentarlo siquiera en un solo momento, es perderse irremisiblemente; porque la reflexión nos manda abstenernos, y por eso mismo, repito, no podemos hacerlo. Si no hay un abrazo amigo que lo impida, o somos incapaces de hacer un esfuerzo repentino para huir lejos del abismo, nos arrojamos a él, somos perdidos.

Cuando examinamos estos actos y otros semejantes, encontraremos siempre que su única causa es el espíritu de perversidad, y que los perpetramos sólo porque conocemos que no debiéramos ejecutarlos.

Ni en unos ni en otros hay principio inteligible; de manera, pues, que, sin que nos expongamos a equivocarnos, podemos considerar esta perversidad como una instigación directa del demonio, salvo el caso extraordinario en que sirva para realizar el bien.


Edgar Allan Poe, “El demonio de la perversidad”,
en Historias extraordinarias.

HIPÓTESIS, LEYES Y TEORÍAS

La actividad básica de la ciencia se dirige a descubrir regularidades entre los fenómenos que sean “interesantes”, en el sentido de que pueden servir para explicar esos fenómenos. Una hipótesis científica es una afirmación sobre la existencia de esas regularidades o sobre las causas de la misma.

No serán consideradas buenas hipótesis cualesquiera afirmaciones sobre la existencia de regularidades o sobre sus causas. Como mínimo se exige que esa afirmación esté libre de contradicciones. Otro requisito indispensable es que pueda someterse a un proceso de comprobación. (…) Cuando una hipótesis es suficientemente general e importante y ha salido victoriosa de uno o varios procesos de comprobación va siendo gradualmente considerada como ley científica.

Con el desarrollo de una ciencia, muchas de las leyes científicas se organizan y sistematizan por su generalidad, su subordinación, etc. Se llega entonces a una teoría científica.

Puedes utilizar la siguiente imagen para visualizar las relaciones entre hipótesis, leyes y teorías científicas. Compara una teoría con un árbol, las leyes que la forman con sus ramas y el tronco, y las raíces con las hipótesis. De la misma manera que los árboles nacen y se desarrollan gracias a las raíces, las teorías se nutren de las hipótesis.


Fina PIZARRO, Aprender a razonar   

domingo, 21 de octubre de 2012

LA TÉCNICA


¿Qué quiere decir que el calentarse, alimentarse, caminar son necesidades del hombre? Sin duda que son ellas condiciones naturalmente necesarias para vivir. (…) Este vivir es, pues, la necesidad originaria de la que todas las demás son meras consecuencias. (…).

Y, por lo visto, este empeño es tan grande, que cuando el hombre no puede satisfacer las necesidades inherentes a su vida, porque la naturaleza en torno no le presta los medios inexcusables, el hombre no se resigna. Si, por falta de incendio o de caverna, no puede ejercitar la actividad o hacer de calentarse, o por falta de frutos, raíces, animales, la de alimentarse, el hombre pone en movimiento una segunda línea de actividades: hace fuego, hace un edificio, hace agricultura o cacería. Es el caso que aquel repertorio de necesidades y el de actividades que las satisfacen directamente, aprovechando los medios que están ya ahí cuando están, son comunes al hombre y al animal. (…) Lo que pasa es que (…) el animal, cuando no puede ejercer una actividad de su repertorio elemental para satisfacer una necesidad –por ejemplo, cuando no hay fuego ni caverna–, no hace nada más y se deja morir. El hombre, en cambio, dispara un nuevo tipo de hacer que consiste en producir lo que no estaba ahí en la naturaleza, sea que en absoluto no esté, sea que no está cuando hace falta. (…) Así que hace fuego cuando no hay fuego, hace una caverna, es decir, un edificio, cuando no existe en el paisaje, monta un caballo o fabrica un automóvil para suprimir espacio y tiempo. Ahora bien, nótese que hacer fuego es un hacer muy distinto de calentarse, que cultivar un campo es un hacer muy distinto de alimentarse, y que hacer un automóvil no es correr.


José Ortega y Gasset, Meditación sobre la técnica,
Alianza, 2002 (pags. 24–25)

sábado, 11 de agosto de 2012

NUESTRA DEUDA CON ATENAS


«Inauguraron una actitud ante el mundo: tenían un inaudito afán de conocerse, entusiasmo por la libertad, anhelo de belleza cotidiana y una animosa confianza en el diálogo. En las orillas del mar, “sonrisa innumerable de las olas” y camino de infinitas aventuras, inventaron leyes, exploraron el cosmos y teorizaron con entusiasmo. (…) Sólo en Grecia “filosofar” no fue un raro oficio profesional, sólo allí fue la política una tarea común de la democracia. En Atenas, la educación comenzaba por saber poesía (Homero sobre todo) y acudir al teatro de Dionisio. Otras ciudades anteponían el atletismo, la gimnasia y las hazañas bélicas. (…)
La inquietud intelectual, la exploración del mundo y de uno mismo, la pregunta por la naturaleza y la condición humana son rasgos históricos del helénico estar en el mundo. (…)
Los griegos inventaron o rediseñaron casi todos los caminos del saber: los más clásicos géneros literarios (poesía épica y lírica, la tragedia y la comedia), la historia, la filosofía y la medicina, las matemáticas, la astronomía, la política y la retórica, la ética y la astronomía y la geografía, los juegos atléticos, la escultura y las artes plásticas, etcétera. Pero más allá de los datos concretos, de todo el inmenso y prolífico legado que anima las raíces de nuestra cultura, lo más admirable es esa apertura o inquietud del espíritu. (…)
Platón escribió que el impulso natural del filosofar estaba en la admiración. Dice Heródoto que la historia se escribe para salvar del olvido “hechos y cosas admirables”. Admirarse del mundo motivó su incesante ardor creativo y su busca de explicaciones en los ámbitos más diversos de la poesía y de la cultura. Frente al moderno y fáustico homo faber, entregado con furor a la tecnología y la mecánica, el griego era contemplativo y dialogante, entusiasta de la belleza del cuerpo y del alma, experto en viajes odiseicos. (…)
En su artículo ¿Por qué Grecia?, evocando el libro de J. de Romilly, Vargas Llosa recordaba cuánto guarda Europa de su luminosa cultura. Tal vez, sí, nos estemos alejando, a zancadas, de ella. Cierto es que la economía no suele ser compasiva con la cultura. Cierto que los griegos de hoy no son los hijos de Pericles. Pero aún así, pensar en una Europa que deje excluidos a los griegos, parece —no sólo en un plano simbólico— un gesto notablemente bárbaro, muy en contra de nuestra tradición humanista».


Por Carlos GARCÍA GUAL (fragmento de su artículo con el mismo título, publicado en Babelia, El País, 7 de julio de 2012)


Puedes leer aquí el artículo completo.
O directamente en El País 07/07/2012.

lunes, 14 de mayo de 2012

INDIVIDUO Y ESTADO


Los dos grandes protagonistas del torneo político moderno [son] el individuo y el Estado. Hablo en singular; aunque ni que decir tiene que el individuo son siempre los individuos y que no hay Estado sino estados (…). O sea que cada individuo lleva mucho del estado dentro de sí (ni siquiera podría concebirse su personalidad política si no hubiese Estado ante el que reivindicarla) y el Estado, por su parte, no es una especie de entidad sobrehumana caída del cielo (o brotada del infierno) sino que está formada por individuos y no tiene otro poder que el recibido por múltiples decisiones individuales. Sin embargo, lo habitual es que cada una de las partes hable de la otra como su pero enemigo y le achaque todos los males de la sociedad: el individuo se queja de la opresión y de la arbitrariedad del Estado, mientras que el Estado atribuye a la desobediencia y el egoísmo de los individuos todos los desastres políticos.

¿Qué significan, entonces, estos dos personajes contrapuestos, aparentemente enemigos irreductibles pero en realidad cómplices secretos? En primer lugar, son el resultado del proceso histórico modernizador de las comunidades humanas.

Las primeras agrupaciones sociales tenían sus fundamentos operativos muy próximos a la naturaleza: su modelo era el de las relaciones familiares entre padres e hijos, la jefatura venía impuesta por la fuerza física, solía transmitirse genealógicamente, etc. (…). Además, el grupo –el clan, la tribu, el pueblo, como quieras llamarle– eran lo único que verdaderamente importaba y los miembros no tenían peso propio sino integrados en el conjunto: una vez rota su filiación o su contacto con el todo del que formaban parte se perdían (…).

Después aparecieron sociedades en las que un solo individuo o unos pocos adquirían enorme relevancia, sea como reyes de condición casi divina o como sacerdotes capaces de interpretar la voluntad inapelable de los dioses: fue entonces el grupo el que se identificó sumisamente con ellos, en lugar de ser ellos los que se identificaban por su pertenencia al grupo. Y luego los griegos inventaron la democracia (…).

Cada uno de estos pasos que te esbozo con simplificación casi caricaturesca apuntan en la misma dirección: cada vez menos naturaleza y más artificio (…). De la asociación humana semi–naturalista vamos a la sociedad como obra de arte, como invento descarado de la voluntad y el ingenio humanos.

Las antiguas estructuras sociales limitaban bastante las iniciativas individuales, pero en cambio gozaban de la solidez unánime de lo que no se pone en cuestión: todos somos uno. La modernización concede cada vez más importancia a lo que piensa, opina y reclama cada individuo, pero debilitando inevitablemente la unanimidad comunitaria: cada cual sigue siendo uno dentro del todo.


Fernando Savater, Política para Amador

CONOCIMIENTO POLÍTICO Y CONOCIMIENTO CIENTÍFICO


Hay una notable paradoja propia del conocimiento político; que siendo un saber inferior en cuanto tal saber científico, resulta sin embargo exigible de todos los sujetos. En términos aristotélicos el conocimiento teórico, al tratar de objetos sometidos a la necesidad de lo que sucede siempre de la misma manera, aspira a ser riguroso, demostrativo, universal y verdadero. El conocimiento práctico, por el contrario, al referirse a la acción humana y por tanto a las cosas que dependen de nuestra libertad, tendrá que ser impreciso, sólo aproximado con un alcance particular, persuasivo y más o menos verosímil. Y es que, como sus objetos pueden ser de esta manera o de la otra según convenga al individuo o a su comunidad, puesto que en definitiva por ellos buscamos saber cómo y cuándo actuar…, este conocimiento se dirige a delimitar opciones, nutrir la deliberación y, a fin de cuentas, fundar una elección o justificar una decisión. Por medio de aquel conocimiento teórico cabe dar con algunas certezas, mientras que en el práctico (es decir, ético o político) nos movemos siempre entre opiniones más o menos provisionales. Y, con todo, existen varias razones por las que este último conocimiento de lo libre o no necesario resulta el más imprescindible para cada individuo y su comunidad

Aurelio ARTETA (ed.), El saber del ciudadano, Alianza, Madrid, 2008 (pags. 35–36)


martes, 17 de abril de 2012

CIENCIA Y FILOSOFÍA

Volvemos otra vez a intentar precisar la diferencia esencial entre ciencia y filosofía. Lo primero que salta a la vista no es lo que las distingue, sino lo que las asemeja: tanto la ciencia como la filosofía intentan contestar preguntas suscitadas por la realidad. De hecho, en sus orígenes, ciencia y filosofía estuvieron unidas y sólo a lo largo de los siglos la física, la química, la astronomía o la psicología se fueron independizando de su común matriz filosófica. En la actualidad, las ciencias pretenden explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, mientras que la filosofía se centra más en lo que significan para nosotros; la ciencia debe adoptar el punto de vista impersonal para hablar sobre todos los temas (…), mientras que la filosofía siempre permanece consciente de que el conocimiento tiene necesariamente un sujeto, un protagonista humano. La ciencia aspira a conocer lo que hay y lo que sucede; la filosofía se pone a reflexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos que sucede y lo que hay. La ciencia multiplica las perspectivas y las áreas de conocimiento, es decir, fragmenta y especializa el saber; la filosofía se empeña en relacionarlo todo con todo lo demás intentando enmarcar los saberes en un panorama teórico que sobrevuele la diversidad desde esa aventura unitaria que es pensar, o sea, ser humano. La ciencia desmonta las aportaciones de lo real en elementos teóricos invisibles, ondulatorios o corpusculares, matematizables, en elementos abstractos inadvertidos; sin ignorar ni desdeñar ese análisis, la filosofía rescata la realidad humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta (…). La ciencia busca saberes y no meras suposiciones; la filosofía quiere saber lo que supone para nosotros el conjunto de nuestros saberes (…). ¡Y hasta si son verdaderos saberes o ignorancias disfrazadas! Porque la filosofía suele preguntarse principalmente sobre cuestiones que los científicos (y por supuesto la gente corriente) dan ya por supuestos o evidentes (…).


Fernando Savater, Las preguntas de la vida.

lunes, 16 de enero de 2012

TÉCNICA Y NATURALEZA HUMANA

¿Qué quiere decir que el calentarse, alimentarse, caminar son necesidades del hombre? Sin duda que son ellas condiciones naturalmente necesarias para vivir. (…) Este vivir es, pues, la necesidad originaria de que todas las demás son meras consecuencias. (…).

Y, por lo visto, este empeño es tan grande, que cuando el hombre no puede satisfacer las necesidades inherentes a su vida, porque la naturaleza en torno no le presta los medios inexcusables, el hombre no se resigna. Si, por falta de incendio o de caverna, no puede ejercitar la actividad o hacer de calentarse, o por falta de frutos, raíces, animales, la de alimentarse, el hombre pone en movimiento una segunda línea de actividades: hace fuego, hace un edificio, hace agricultura o cacería. Es el caso que aquel repertorio de necesidades y el de actividades que las satisfacen directamente, aprovechando los medios que están ya ahí cuando están, son comunes al hombre y al animal. (…) Lo que pasa es que (…) el animal, cuando no puede ejercer una actividad de su repertorio elemental para satisfacer una necesidad –por ejemplo, cuando no hay fuego ni caverna–, no hace nada más y se deja morir. El hombre, en cambio, dispara un nuevo tipo de hacer que consiste en producir lo que no estaba ahí en la naturaleza, sea que en absoluto no esté, sea que no está cuando hace falta. (…) Así que hace fuego cuando no hay fuego, hace una caverna, es decir, un edificio, cuando no existe en el paisaje, monta un caballo o fabrica un automóvil para suprimir espacio y tiempo. Ahora bien, nótese que hacer fuego es un hacer muy distinto de calentarse, que cultivar un campo es un hacer muy distinto de alimentarse, y que hacer un automóvil no es correr.

José Ortega y Gasset, Meditación sobre la técnica, Alianza, 2002, pag. 24–25

sábado, 17 de diciembre de 2011

LA PARTÍCULA DE DIOS

Los físicos se acercan a la partícula de Higgs. 
Los científicos ven indicios de la existencia del elemento clave para explicar el origen de la masa, pero aún no son definitivos.


Entre Demócrito de Abdera y Peter Higgs.
El País, 14 de diciembre de 2011

Guía rápida para entender el bossón de Higgs
La Vanguardia, 13 de diciembre de 2011 

lunes, 21 de noviembre de 2011

CIENCIA Y FILOSOFÍA

Ciencia y filosofía forman un continuo. La filosofía es la parte más global, reflexiva y especulativa de la ciencia, la arena de las discusiones que preceden y siguen a los avances científicos. La ciencia es la parte más especializada, rigurosa y bien contrastada de la filosofía, la que se incorpora a los modelos estándar y a los libros de texto y a las aplicaciones tecnológicas. Ciencia y filosofía se desarrollan dinámicamente, en constante interacción. Lo que ayer era especulación filosófica hoy es ciencia establecida. Y la ciencia de hoy sirve de punto de partida a la filosofía de mañana. La reflexión crítica y analítica de la filosofía detecta problemas conceptuales y metodológicos en la ciencia y la empuja hacia un mayor rigor. Y los nuevos resultados de la investigación científica echan por tierra viejas hipótesis especulativas y estimulan a la filosofía a progresar.

En griego clásico las palabras «ciencia»  [episthéme] y «filosofía» [philosophía] se empleaban como sinónimos. Ambas se referían al saber riguroso, y se contraponían a la mera opinión infundada [doxa]. Lo que nosotros llamamos ciencia se originó en el siglo XVII, con la pretensión de ser una filosofía más rigurosa y fecunda que la practicada hasta entonces. A este surgimiento contribuyeron numerosas personalidades, entre las que destaca Isaac Newton, el fundador de la física moderna… [y su obra capital lleva el título de Philosophiae Naturalis Principia Mathematica].

Jesús MOSTERÍN, Ciencia viva, Espasa Calpe, Madrid, 2001

lunes, 31 de octubre de 2011

lunes, 17 de octubre de 2011

LA MAMÁ DESPRECIADA

Las obras de arte del África negra, frutos de la creación colectiva, obras de nadie, obras de todos, rara vez se exhiben en pie de igualdad con las obras de los artistas que se consideran dignos de ese nombre. Estos botines del saqueo colonial se encuentran, por excepción, en algunos museos de arte de Europa y de los Estados Unidos, y también en algunas colecciones privadas, pero su espacio natural está en los museos de antropología. Reducido a la categoría de artesanía o de expresión folklórica, el arte africano es digno de atención, entre otras costumbres de los pueblos exóticos. 
         El mundo llamado occidental, acostumbrado a actuar como acreedor del resto del mundo, no tiene mayor interés en reconocer sus propias deudas. Y, sin embargo, cualquiera que tenga ojos para mirar y admirar, podría muy bien preguntarse: ¿Qué sería del arte del siglo veinte sin el aporte del arte negro? ¿Hubieran sido posibles, sin la mamá africana que les dio de mamar, las pinturas y las esculturas más famosas de nuestro tiempo?
         En una obra publicada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, William Rubin y otros estudiosos han hecho un revelador cotejo de imágenes. Página tras página, se documenta la deuda del arte que llamamos arte con el arte de los pueblos llamados primitivos, que es fuente de inspiración o plagio.
         Los principales protagonistas de la pintura y de la escultura contemporáneas han sido alimentados por el arte africano, y algunos lo han copiado sin dar ni las gracias. El genio más alto del arte del siglo, Pablo Picasso, trabajó siempre rodeado de más caras y tapices del África, y ese influjo aparece en las muchas maravillas que dejó. La obra que dio origen al cubillo, Les demoiselles d’Avinyó (las señoritas de la calle de las putas, en Barcelona) brinda uno de los numerosos ejemplos. La cara más célebre del cuadro, la que más rompe la simetría tradicional, es la reproducción exacta de una máscara del Congo, que representa una cara deformada por la sífilis, expuesta en el Museo Real del África Central, en Bélgica.
         Algunas cabezas talladas por Amadeo Modigliani son hermanas gemelas de más caras de Mali y Nigeria. Las franjas de signos de los tapices tradicionales de Mali sirvieron de modelo a las grafías de Paul Klee. Algunas de las tallas estilizadas del Congo o de Kenia, hechas antes de que Alberto Giacometti naciera, podrían pasar por obras de Alberto Giacometti en cualquier museo, y nadie se daría cuenta. Se podría jugar a las diferencias, y sería muy difícil adivinarlas, entre el óleo de Max Ernst, Cabeza de hombre, y la escultura en madera de la Costa de Marfil, Cabeza de un caballero, que pertenece a una colección privada de Nueva York. La Luz de luna en una ráfaga de viento, de Alexander Calder, contiene un rostro que el clon de una máscara luba, del Congo, ubicada en el Museo de Seattle.

Eduardo Galeano, Patas Arriba

lunes, 3 de octubre de 2011

LAS DOS MESAS

Me he puesto a escribir estas conferencias y he acercado mis sillas a mis dos mesas. ¡Dos mesas! Sí: hay duplicados de todos los objetos a mi alrededor: dos mesas, dos sillas, dos plumas. (…)
Con una de las dos mesas estoy familiarizado desde mis primeros años. Es un objeto corriente del ámbito que llamo “el mundo”. ¿Cómo la describiría? Tiene extensión, es relativamente permanente; tiene color. Sobre todo es sustancial. Por sustancial no quiero decir simplemente que no se hunde cuando me apoyo en ella; quiero decir que está constituida de “sustancia”, y con esa palabra quiero evocar una concepción de su naturaleza intrínseca. Es una cosa: no como el espacio, que es mera negación; ni como el tiempo que es… ¡sabe Dios qué! Pero esto no aclarará lo que quiero decir, porque es la característica distintiva de una “cosa” tener esta sustancialidad, y no creo que la sustancialidad pueda describirse mejor que diciendo que es la clase de naturaleza ejemplificada por una mesa corriente. (…)
La mesa nº 2 es mi mesa científica. Es una conocida más reciente y no me siento tan familiar con ella. No pertenece al mundo que mencioné antes, ese mundo que aparece espontáneamente a mi alrededor cuando abro los ojos −aunque no voy a considerar aquí cuanto de él es objetivo y cuanto es subjetivo−. Es parte de un mundo que se ha impuesto a mi atención en modos más tortuosos.
Mi mesa científica es casi toda vacío. Dispersas en ese vacío hay aquí y allá numerosas cargas eléctricas apresurándose a gran velocidad, pero todo su volumen es, en conjunto, menos de una billonésima del volumen de la mesa. A pesar de su extraña construcción, resulta ser una mesa enteramente eficiente. Sostiene mi papel tan satisfactoriamente como mi mesa nº 1; porque cuando dejo el papel sobre ella, las pequeñas partículas le golpean desde abajo, así que el papel se mantiene a un nivel casi estable, como la pelota en el juego del volante. Si me apoyo sobre mi mesa no la atravesaré; o, para ser estrictamente preciso, la probabilidad de que mi codo científico pase a través de mis mesa científica es tan sobremanera pequeña que puede despreciarse a efectos prácticos. (…)
No hay nada sustancial en mi segunda mesa. Es casi todo espacio vacío, espacio atravesado, es cierto, por campos de fuerza, pero éstos se asignan a la categoría de “influencias”, no de “cosas”. (…). Al diseccionar la materia en cargas eléctricas, hemos viajado lejos de la imagen que dio origen al concepto de sustancia, y el significado de tal concepto, si alguna vez tuvo alguno, se ha perdido por el camino. (…)
No hace falta que les diga que la física moderna, mediante experimentos delicados y lógica implacable, me asegura que mi segunda mesa, la científica, es la única que realmente “está ahí”. Por otra parte, no tengo que decirles que la física moderna nunca tendrá éxito en exorcizar la primera mesa, ese extraño compuesto de naturaleza externa, imaginería mental, y prejuicio heredado, que es visible a mis ojos y tangible a mi mano.

Arthur S. EDDINGTON

martes, 13 de septiembre de 2011

LA INEXACTITUD MÁS VERDADERA

Entrevemos que la verdad científica, la verdad física, posee la admirable calidad de ser exacta, pero es incompleta y penúltima. No se basta a sí misma. Su objeto es parcial, es sólo un trozo del mundo y además parte de muchos supuestos que da sin más por buenos; por tanto no se apoya en sí misma, no tiene en sí misma su fundamento y raíz, no es una verdad radical. Por ello postula, exige integrarse en otras verdades no físicas ni científicas que sean completas y verdaderamente últimas. Donde acaba la física no acaba el problema; el hombre que hay detrás del científico necesita una verdad integral y, quiera o no, por la constitución misma de su vida, se forma una concepción enteriza del Universo.

Vemos aquí en clara contraposición dos tipos de verdad: la científica y la filosófica. Aquella es exacta, pero insuficiente; ésta es suficiente pero inexacta. Y resulta que ésta, la inexacta, es una verdad más radical que aquella ―por tanto y sin duda, una verdad de más alto rango― no sólo porque su tema sea más amplio, sino aún como modo de conocimiento; en suma que la verdad inexacta filosófica es una verdad más verdadera.

José ORTEGA Y GASSET, ¿Qué es la filosofía?   

jueves, 18 de agosto de 2011

LAS CAPAS DE UNA CEBOLLA

El pensamiento filosófico surgió hace dos mil quinientos años, en contraste con el pensamiento arcaico, que había permitido a los humanos orientarse en el mundo durante los milenios precedentes. A su vez, el pensamiento arcaico no era sino la elaboración de ideas e impulsos cuyos orígenes pueden ser buscados en las épocas prehistóricas en que nuestros remotos antepasados aprendían a articular lingüísticamente el mundo que les rodeaba (…).

Sería erróneo suponer que fue más tarde completamente desplazado por el filosófico o el científico. En la historia intelectual de la humanidad un nuevo tipo de pensamiento no desplaza nunca del todo al anterior, sino más bien se superpone a él.

Nuestra manera de pensar en un momento dado consta de muchos estratos, como una cebolla. En el centro están los más primitivos impulsos e intuiciones, que se formaron a través de muchos millones de años de evolución biológica. Otras capas representan estratos arcaicos de pensamiento, seguidas de capas más externas de pensamiento filosófico y científico. Los métodos formales e informáticos característicos de nuestro tiempo son como la piel de la cebolla. Constituyen la parte más visible y característica de nuestra cultura, pero sería ingenuo confundir la cebolla con su piel.

Jesús MOSTERÍN, Historia de la filosofía   

jueves, 4 de agosto de 2011

ATREVERSE A NO VER CLARO

Y bien, hacer filosofía es en cierta manera ser lo suficientemente valiente o lo suficientemente ingenuo para aceptar que no vemos claro. Para aceptar el descontento e incluso el desasosiego que nos produce lo que no entendemos. A menudo se cita como frase inaugural de la filosofía la expresión de Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. Y es que, efectivamente, la filosofía ni sabe demasiado ni de casi nada. No da, por ejemplo, ni la seguridad que nos ofrece la ciencia, ni el gusto que produce el arte, ni el consuelo que puede darnos la religión. La filosofía no cierra, ni culmina, ni satisface nada; la filosofía es más bien el gusano, el veneno, la inquietud, la eterna búsqueda del pensamiento insatisfecho. 

Atreverse pues a no ver claro y, en lugar de buscar deses-peradamente una respuesta o un significado a todas las cosas (una explicación, un texto, un nombre, un concep-to para apaciguar nuestra angustia), aceptar que a me-nudo no las entendemos, eso es una actitud filosófica. Una actitud que más que buscar respuestas, lo que hace es hurgar en las incertezas y cuestionar las preguntas mismas. 

Xavier RUBERT DE VENTÓS, ¿Por qué filosofía?, Península, Madrid, 2009