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domingo, 6 de abril de 2014

LOS CONCEPTOS

Debemos llegar hasta la médula de las cosas, debemos poner en un solo montón, de manera más o menos arbitraria, masas enteras de experiencia, viendo en ellas un número bastante de semejanzas que nos autorice a considerarlas idénticas (…). Esta casa y aquella otra casa y miles de otros fenómenos de carácter análogo se aceptan así en cuanto tienen un número suficiente de rasgos comunes, a pesar de las grandes y palpables diferencias de detalle, y se clasifican  bajo un mismo rótulo. En otras palabras, el elemento lingüístico “house” es, primordial y fundamentalmente, no el símbolo de una percepción aislada, ni siquiera de la noción de un objeto particular, sino de un “concepto”, o dicho de otra forma, de una cómoda envoltura de pensamientos en la cual están encerradas miles de experiencias distintas y que es capaz de contener otros miles.


Edward SAPIR, El lenguaje

domingo, 13 de octubre de 2013

EL LENGUAJE

La posición erguida, el uso de las herramientas y la caza social fueron las etapas iniciales del proceso de hominización, aunque todas ellas tenían amplios precedentes en otras especies animales. También los chimpancés caminan a veces rectos y emplean herramientas (por ejemplo, palos mojados con saliva que introducen en los agujeros de los termiteros para cazar hormigas). Los alimoches usan piedras para romper huevos de avestruces. Y los licaones y los lobos son cazadores sociales, igual que los hombres primitivos. El paso decisivo en la hominización fue la aparición del lenguaje, seguramente como medio de comunicación progresivamente flexible, al servicio de la mejor coordinación de la caza social. Los grupos protohumanos menos dotados para la comunicación desaparecían frente a la competencia de los grupos más comunicativos, los cuales podían coordinar con mucho mas éxito las acciones de caza, y podían idear y planear acciones cada vez más complejas. El lenguaje, en efecto, no sólo sirve para comunicarse con los demás, sino también para pensar, planear y razonar.

Para hablar hace falta un aparato fonador adecuado, unas cuerdas vocales y una coordinación muscular precisa. Sólo el hombre posee un aparato así. Los chimpancés, por ejemplo, por más listos que sean, no pueden proferir la variedad de sonidos coordinados necesaria para hablar. Por eso no es raro que sea mucho más fácil enseñar a un chimpancé a comunicarse con nosotros con signos manuales (como los de los sordomudos) o incluso con signos gráficos (cartas con dibujos) que mediante proferimientos de sonidos bucales. Sin embargo, aparte de un aparato fonador y de un oído adecuados, para hablar es necesario un cerebro preprogramado genéticamente para el aprendizaje y el uso del lenguaje. Esta preprogramación tan sólo la posee nuestro cerebro. Los otros animales, incluso los chimpancés, no están programados para usar un código simbólico tan enormemente complejo como el lenguaje. La programación genética del cerebro humano por el lenguaje es el resultado de millones de años de evolución, durante los cuales el cerebro crecía de tamaño para adaptarse a esta programación progresivamente compleja. Nosotros somos los descendientes de aquellos homínidos en los cuales se produjeron las mutaciones y recombinaciones genéticas que favorecieron el citado proceso. Los otros desaparecieron, victimas de la concurrencia de sus congéneres más locuaces y, por tanto, mas eficaces en la organización de la caza.

En definitiva, es igual decir que el humano ha hecho el lenguaje como decir que el lenguaje ha hecho al humano. Y todas nuestras diferencias serias respecto al resto de especies animales se reducen a esta: el uso del lenguaje.



Jesús MOSTERÍN, «El lenguaje»,
Grandes temas de la filosofía actual (1981)

miércoles, 18 de abril de 2012

JUICIOS DE REALIDAD Y JUICIOS DE VALOR

Hace tiempo que la filosofía moderna ha hecho la distinción capital entre juicios de realidad y juicios de valor.

Todo el mundo sabe que juicio es el pensamiento de una relación entre dos términos. Uno de los dos términos, el llamado sujeto, indica la cosa de quien se afirma o niega algo y el otro término, llamado predicado, expresa lo que se afirma o niega del primero. Así, en el juicio: el oro es un metal, oro es el sujeto, pues indica la cosa de que se habla, y metal es el predicado, pues expresa lo que se dice del oro. En el juicio: el oro es apetecible, oro es el sujeto y apetecible es el predicado.

Comparemos, empero, los dos predicados que sucesivamente hemos atribuido al oro: metal y apetecible. El predicado metal pertenece al oro mismo, es inherente al oro, de tal suerte, que en todo tiempo y circunstancia siempre el juicio: el oro es un metal, resulta verdadero. En cambio el predicado apetecible no pertenece al oro mismo, en absoluto, no es inherente al oro en todo tiempo, lugar y circunstancia. No siempre es verdadero el juicio siguiente: el oro es apetecible. Robinsón, en su isla, no apetece poseer oro; y cualquier otro objeto de escasa valía para nosotros, es, en cambio, para él de un valor inestimable.

¿A qué obedece esta capital diferencia? Observemos aún otra, que nos pondrá en el camino de la solución. El primer juicio: el oro es un metal, expresa una relación en que los dos términos son oro y metal. Y en esta relación no interviene ningún término más. Los conceptos oro y metal tienen en sí mismos su plena significación que reciben de las relaciones que a su vez cada uno de ellos mantiene con otros objetos de la naturaleza. En suma, el primer juicio expresa una relación totalmente objetiva.

Veamos ahora el segundo juicio: el oro es apetecible. Existe desde luego una relación entre los dos términos oro y apetecible. Pero además existe, más o menos ocultamente -en este ejemplo, de un modo bien manifiesto-, otra relación en la que uno de los términos es: yo. En realidad, el juicio debe formularse así: el oro es apetecible para mí, o para el hombre. El segundo término: apetecible, no expresa y significa un concepto totalmente reductible a relaciones objetivas, sino un concepto cuya significación arranca de una fundamental relación conmigo, con el yo, con el que habla; en suma, el segundo juicio no expresa una verdad objetiva, sino un estado subjetivo del ánimo con respecto al oro. Ahora bien, el tal estado subjetivo del ánimo, con respecto al oro, depende de muchas y muy varias circunstancias, consideradas todas ellas, a su vez, no en lo que tengan de objetivamente real y permanente, sino en sus relaciones con respecto a mí, al yo, al que formula el juicio; por consiguiente, la verdad del segundo juicio no es constante, universal y necesaria, sino contingente, particular, dependiente de esas mil circunstancias. Robinsón se halla colocado en tales coyunturas que, para él, no es verdadero el juicio: el oro es apetecible. El oro, para Robinsón, no tiene valor.

M. García Morente, Juicios de valor, «Revista General», 1918.

lunes, 20 de febrero de 2012

¿DESDE CUÁNDO HA APRENDIDO A HABLAR EL HOMBRE?

Mucho antes que los prehistoriadores se ocuparan de este rompecabezas, pensadores y filósofos se ha­bían apasionado, desde la remota antigüedad, por el problema. Hubo quien se preguntó si el pensamiento podía existir sin palabras, otros aseguraron que Adán y Eva hablaban en hebreo, como pretendieron en una época los comentadores de la Biblia.

En la actualidad, por más que sigamos sin poseer las claves del problema, un buen número de prehisto­riadores han adquirido la convicción de que el Homo erectus se comunicaba con mayor o menor habilidad por medio de la palabra.

En efecto, tal fue la complejidad de la cultura de esos fabricantes de herramientas que conocían la utili­zación del fuego y vivían de la caza y la recolección, que necesariamente tuvieron que nombrar objetos, plantas, animales, identificar lugares e intercambiar ideas.

EI alcance de sus actividades exigía, sin ningún asomo de duda, la utilización de medios de comuni­cación bastante elaborados, muy superiores ya a los empleados por los monos. Es cierto que no todo el mundo está de acuerdo con este punto de vista antro­pológico. Algunas reconstrucciones del aparato fona­dor de algunos hombres fósiles parecen indicar que la adquisición del lenguaje es un fenómeno mas recien­te. En cualquier caso, por más que rudimentario, ese lenguaje compuesto de frases simples pronunciadas lentamente pudo estar acompañado de un gran nume­ro de otras señales acústicas o visuales: gritos, silbidos, gestos faciales. Esos hombres también pudieron recu­rrir al lenguaje manual a imitación del lenguaje de los sordomudos o el utilizado en algunos casas por las tri­bus de Nueva Guinea o los bosquimanos.

H. THOMAS, Nuestros orígenes, el hombre antes del hombre.

martes, 14 de febrero de 2012

LENGUAJE COMO EXPRESIÓN DEL PENSAMIENTO

Definimos el lenguaje como el medio que nos sirve para manifestar nuestros pensamientos. Pero una definición, si es verídica, es irónica, implica tácitas reservas, y cuando no se la interpreta así produce funestos resultados. Así ésta. Lo de menos es que el lenguaje sirva también para ocultar nuestros pensamientos, para mentir. La mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuese sincero. La moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad.

No; lo más peligroso de aquella definición es la añadidura optimista con que solemos escucharla. Porque ella misma no nos asegura que mediante el lenguaje podamos manifestar, con suficiente adecuación, todos nuestros pensamientos. No se compromete a tanto, pero tampoco nos hace ver francamente la verdad estricta: que siendo al hombre imposible entenderse con sus semejantes, estando condenado a radical soledad, se extenúa en esfuerzos por llegar al prójimo. De estos esfuerzos es el lenguaje quien consigue a veces declarar con mayor aproximación algunas de las cosas que nos pasan dentro. Nada más.

Pero, de ordinario, no usamos estas reservas. Al contrario, cuando el hombre se pone a hablar lo hace porque cree que va a poder decir cuanto piensa. Pues bien, esto es lo ilusorio. El lenguaje no da para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que pensamos y pone una valla infranqueable a la transmisión del resto. Sirve bastante bien para enunciados y pruebas matemáticas, ya que al hablar de física empieza a hacerse equívoco e insuficiente. Pero conforme la conversación se ocupa de temas más importantes que esos, más humanos, más “reales”, va aumentando su imprecisión, su torpeza, su confusionismo. Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos muchas veces por malentendernos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos.

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

lunes, 16 de enero de 2012

CONCEPCIONES DEL LENGUAJE

Los humanos no somos sino habitantes del lenguaje. Pero el lenguaje, la capa­cidad de nombrar las cosas (y las personas y el cosmos), tiene a su vez esos tres aspectos:

El lenguaje es una cosa para el lingüista, para el científico que trabaja sobre el lenguaje como un biólogo sobre los cromosomas, o un químico sobre los metales pesados. Para la ciencia, el lenguaje es una cosa entre las cosas, entre los minerales, los vegetales o los restantes elementos materiales y orgánicos de la tierra.

El lenguaje, en cambio, es un útil para todos aquellos que lo utilizan en su pura función comunicativa e informativa. Todos usamos el lenguaje, como un útil en nuestro vida cotidiana, para tomar un taxi, o para preguntar un precio, o para responder a un examen; pero algunas instituciones sólo lo conciben como un útil y lo construyen con la finalidad de explotarlo: son los medios de formación de masas, la prensa, la radio, la televisión, así como el mundo económico–po­lítico de la administración del Estado y del tejido financiero. Este es el lenguaje imperante, cuyo dominio sobre nuestras vidas es absoluto y totalitario.

Por fin, el lenguaje es una obra cuando se desoculta de la utilidad, y de la pasividad oscura en la que yace como cosa. Entonces el lenguaje muestra a la luz lo que ha callado y ocultado: la verdad del sentido y del destino de los poseedores del lenguaje en un mundo formado por entes sin lenguaje. Es lo que solemos llamar «poesía».

Félix de Azua, Diccionario de las Artes, Barcelona, Anagrama, 2003