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martes, 5 de marzo de 2013

viernes, 28 de diciembre de 2012

LA MUJER Y LA MADRE

«Toda cultura está dominada por un modelo maternal ideal que puede variar según las épocas. Sean ellas conscientes o no, pesa sobre todas las mujeres. Se puede aceptar, esquivar, rechazar o negociar, pero en última instancia siempre es en función de uno determinado.

Hoy el modelo es más exigente que nunca. Más aún que hace veinte años, cuando se señalaba ya la amplitud de los deberes maternales: “Éstos ya no se reducen únicamente a los cuidados corporales y afectivos, implican también una atención escrupulosa al desarrollo psicológico, social e intelectual del hijo. La maternidad representa, más que en el pasado, un trabajo a tiempo completo. Hoy en día se espera de las madres que consagren tantos ‘cuidados’ a dos hijos como antaño a seis”. Como, por otra parte, el ideal femenino no recupera el modelo maternal y la plenitud personal es la motivación dominante de nuestro tiempo, las mujeres se encuentran en el centro de una contradicción triple.

La primera es social. Mientras los partidarios de la familia tradicional culpan a las madres que trabajan, la empresa les reprocha sus repetidas maternidades. Peor aún, la maternidad sigue considerándose como la más importante realización de la mujer, mientras que socialmente está devaluada. Las madres a tiempo completo cobran menos, se ven privadas de identidad porque carecen de competencias profesionales y están conminadas a responder a la pregunta: “¿Qué hacéis durante el día?”. En una sociedad donde la mayoría trabaja, donde la mujer ideal triunfa profesionalmente, la que se queda en casa o hace de sus hijos su prioridad se arriesga a ser considerada “sin interés”.

La segunda contradicción concierne a la apareja. Hemos visto que el niño no favorece la vida amorosa. La fatiga, la falta de sueño y de intimidad, las obligaciones y los sacrificios que impone la presencia de un hijo puede acabar con la pareja. (…).

Pero la contradicción más dolorosa reside en el seno de cada mujer que no se funde con la madre. Todas las que se sienten divididas entre su amor por el hijo y sus deseos personales. Entre ser un individuo egoísta y ser aquella que quiere el bienestar de su pequeño. El hijo, concebido como fuente de plenitud, puede por tanto revelarse como un obstáculo para ella. Está claro que a fuerza de cargar la barca de las obligaciones maternales, la contradicción se agudiza cada vez más.»


Elisabeth BADINTER, La mujer y la madre,
La Esfera de los Libros, Madrid, 2011 (pags. 143-145)

jueves, 18 de octubre de 2012

MUJER Y EVOLUCIÓN

Si la evolución al hombre no le ha producido más que ventajas, la mujer se ha encontrado con una clara contradicción: va a pagar, desde el principio, un penosísimo precio por el aumento de su capacidad cerebral, por dos razones fundamentales:
1) La posición erecta le es desfavorable en cuanto a la reproducción de la especie.
2) Precisamente por ser ella la única que se reproduce, se la obliga, por sus características fisiológicas, a realizar el trabajo excedente de criar y dedicar más tiempo a los hijos, para que éstos sobrevivan, y se le añade la explotación más exhaustiva en el trabajo productivo: la agricultura, la recolección, la ganadería, la condimentación de los alimentos, la limpieza y el cuidado de los hombres y de los enfermos.


La primera de sus desgracias le viene dada por la modificación de la estructura ósea de las extremidades inferiores y superiores de los homínidos, nuestros antepasados, y de la pelvis. La articulación sacroilíaca tuvo que ensancharse y reforzarse. En los antropoides y el hombre tiene cinco vértebras sacras, en vez de las dos o tres de los monos inferiores, que les permiten erguir la columna vertebral. En el hombre, el ensanchamiento de la pelvis, más desarrollada transversal que longitudinalmente, está directamente relacionado con la posición erecta.
La forma y la estructura de la pelvis femenina se transformaron para permitir que el feto humano tuviera cabida en ella en el momento del parto. El ensanchamiento del cráneo humano, necesario para dar cabida al cerebro cada vez más grande, que pasó de 400 cm3  del mono a los 1.4002.000 del Homo sapiens, obligó a un ensanchamiento correlativo de la pelvis.
A pesar del largo proceso de desarrollo de la locomoción erecta, el ser humano no se ha adaptado completamente a este tipo de desplazamiento. Algunos de los inconvenientes que sufrimos son las hernias, las oclusiones intestinales y la apendicitis. Pero sobre todo en el caso de la mujer, los problemas que sufre la condicionan para toda la vida. En las mujeres, durante el embarazo, la fuerza de la gravedad atrae al embrión hacia la pelvis y no únicamente hacia la pared abdominal como ocurre con las monas, o en los mamíferos cuadrúpedos. La pelvis femenina, al ser reconstruida, pudo cumplir más o menos satisfactoriamente dos funciones contradictorias: servir de apoyo al torso y, durante el parto, brindar una salida suficientemente amplia a la voluminosa cabeza del feto.
Pero esta reconstrucción no es totalmente satisfactoria. Ya hemos visto los graves problemas con que se encuentra la mujer en el embarazo y el parto, y por tanto, su historia humana no constituye para ella más que el constante debate entre su capacidad intelectiva y su capacidad reproductora. Porque en ella prima ésta última.


Lidia FALCÓN y Mª Encarna SANAHUJA, “Maternidad in vitro”,
Revista Poder  y Libertad, 1982 (3), pag. 74-83

LA SENDA MUTILADA



“Se ha comentado en otros epígrafes que a lo largo de la historia los quehaceres masculinos siempre se han priorizado frente a los femeninos. El discurso androcéntrico, reiteramos, se ha mantenido presente en todo momento a la hora de interpretar nuestro pasado. Desde el punto de vista evolutivo, esto ha sido así porque los estudiosos del tema parten, entre otras, de la premisa según la cual las sociedades humanas de todos los tiempos han valorado la carne como producto alimenticio por encima de cualquier otro componente de la dieta. Pero sucede que hay expertas (de hecho, cada vez más numerosas y apoyadas por colegas varones) que no están de acuerdo con esta valoración tradicional. Por ejemplo, la respetada y ampliamente citada antropóloga Margaret Ehrenberg (1989) sería una de las pioneras en sostener que entre los primeros homínidos el recolectar productos de origen vegetal o conseguir carne eran actividades que tenían igual valor para el grupo, y por tanto quienes más recolectaban disfrutaban del mismo estatus que quienes aportaban alimentos de origen animal. Las tareas serían entonces complementarias o diferentes, pero igualmente necesarias y valoradas. (…)
        La comunidad académica, sin embargo, al equiparar diferentes tareas con jerarquías de desigualdad, ha impulsado y fortalecido esta tendencia generalizada que presupone la universalidad del dominio masculino, provocando importantes distorsiones al interpretar los orígenes de las sociedades humanas. El sesgo androcéntrico es el que ha desenfocado tantas investigaciones que han llevado a exclusivizar el poder masculino, incluso donde no hay evidencias científicas que lo justifiquen. De hecho, los últimos avances realizados en el ámbito de la paleoantropología parecen confirmar que la jerarquización de roles basada en la dominación masculina no es ni mucho menos tan universal como se ha creído. Siendo esto así, tampoco lo sería la pretendida subordinación femenina. Resumiendo, es probable que las mujeres también hayan sido creadoras de cultura, hayan sido autónomas y hayan ostentado poder”.


Carmen MARTÍNEZ PULIDO, La senda mutilada,
Biblioteca Nueva, 2012 (pags. 153-154)

viernes, 16 de marzo de 2012

TAMBIÉN LAS MUJERES SABÍAN PINTAR

Fueron reales y triunfaron. La gran pregunta es por qué no aparecen en los libros ni vemos sus obras en los museos. La respuesta la tienen los hombres que han ejercido como historiadores, críticos y conservadores.
Por Ángeles Caso.


También las mujeres sabían pintar
O bien en: El País, 8 de marzo de 2012


Imagen:
Autorretrato, de Artemisia Gentileschi (1593-1652)


Más información en:
Al principio estuvo Artemisia
También en PDF